domingo, 3 de abril de 2011

Claudia


Cierro los ojos y un zumbido me incita a abrirlos de nuevo. Una familia camina tranquila y feliz al interior del tren en el que viajo. A través del cristal observo las azoteas, los cables eléctricos y las copas de algunos árboles.
Nuevamente ese zumbido en mi nuca. Me levanto de mi asiento e impulsivamente me bajo del tren en la estación en la que me encuentro. No me fijo cuál es porque comienza a colapsarse frente a mí. Atónito ante la mirada de pánico de la familia que se quedó en el vagón salgo corriendo. La calle está vacía pero escucho las sirenas de vehículos que se acercan.
Hay un parque cruzando la acera. Puedo verlo. Camino hacia allá. Miro mi reloj y veo que ya es tarde. Seguramente Claudia no llegará, o ¿ya se habrá ido? ¡Qué importa! De cualquier forma las flores que le traía se quedaron en el asiento del metro.
Camino entre los árboles y me extraña que el parque esté vacío. Ni siquiera hay ruidos, ningún polluelo en los árboles ni ardillas. Sólo sirenas que me provocan miedo. Subo una colina que me parece enorme, camino por casi una hora hasta encontrar un pequeño muro en la cima. Volteo hacia atrás y el valle de México me hace ver a la ciudad muy pequeña, me acerco al muro y me siento recargándome en él.
Una mujer se acerca, asegura conocerme, pero no logro recordarla. Sé que la he visto en algún otro lado. La invito a sentarse a mi lado, el muro es amplio. Levanto la vista al cielo y no hay nubes. El sol me deslumbra, y como reflejo cierro los ojos. La mujer me besa, le correspondo el beso, al hacerlo logro recordarla. No puedo creerlo. Es Claudia. Al menos es lo que el reflejo de sus labios me dice. Instintivamente la abrazo. Pero el aroma de su cuerpo no es el de Claudia. Esta huele a muerte, a formol, a azufre, y hace que llore. Me separo de ella desconcertado y el paisaje ha cambiado. Una extraña señal es una parvada de aves que se aleja de la ciudad.
A lo lejos, y acercándose lentamente, un punto negro que se agranda conforme se aproxima. La Claudia que no es Claudia me mira y sigue mi vista hasta distinguir el objeto que pasa velozmente ante nuestros ojos, dirigiéndose hacia la ciudad. Es una avioneta verde que lleva una gran carita sonriente en el fuselaje. Al llegar al centro del valle deja caer un objeto que desciende lentamente y por dos segundos se pierde entre los edificios.
El mismo zumbido que había escuchado las ocasiones anteriores. La nueva Claudia y yo nos hincamos, asomándonos por arriba del muro. Un resplandor que aumenta poco a poco, un hongo enorme de polvo que se levanta del lugar en el cual segundos antes había caído el objeto.
Estupefacto, comprendo mi final, y el de mi acompañante. Percibo gotas de lluvia muy frías en mi piel, más frías de lo común. Observo mis manos y la lluvia es de un color dorado. Una ola de calor que abochorna, provocando una reacción en las gotas que mojan mi piel y hace que empiecen a calentarse a una temperatura que quema.
Volteo a ver a Claudia, quien también está consternada y una lágrima en su mejilla preguntándome ¿Por qué? Me acerco y la abrazo, intentando protegerla de esta lluvia. Y aunque no es mi Claudia, la beso.
…Recuerdo el día que conocí a mi Claudia, yo estaba sentado en la banca de un parque, como éste, ella se acercó y me preguntó si podía sentarse a mi lado porque estaba algo cansada, ¿cómo decirle que no? Si se veía muy bella con su blusa blanca que contrastaba sus ojos y su cabello tan negros, y su pants azul escolar que la hacía verse aún más bonita. Le contesté que no había problema, que la banca era muy amplia, y que podíamos compartirla. Luego de platicar por casi dos horas, dijo que tenía que irse, pero antes de eso le pedí su número telefónico proponiéndole salir.
Aceptó gustosa y fue en ese mismo parque dos semanas más tarde cuando la besé por vez primera, ah, cómo olvidar sus dulces labios sabor cereza, y esos ojos que me estremecían. Pero lo que la hacía más especial, por lo que me sentí extasiado a su lado era la poesía que salía de su voz; pasábamos horas charlando de poesía, o escribiéndonos cartas salpicadas de versos, detalles que me hacían sentir especial. Y el olor de su suave piel de durazno, me excitaba en demasía. Era su aroma vital que transpiraba por cada poro lo que me recordaba la sutileza de estar vivo
Al paso de unos meses, ella empezó a cambiar, y hubo un tiempo en el que simplemente se alejó, casi un mes, sólo el silencio me acompañaba. Pero regresó, y yo no le pedí explicación, porque estaba feliz con su regreso. Y aunque ella ya no era la misma, me sentía emocionado con su presencia.
Anoche, quedamos de vernos a unas cuadras del metro Isabel la Católica, pero no sé en dónde me bajé cuando el zumbido en mi cabeza me estaba avisando del peligro...
A la Claudia que no es mi Claudia, le pido que cierre los ojos, porque me doy cuenta que la onda calórica principal se acerca lentamente, y con ella la muerte. El cielo se torna de un color rojizo. Los edificios se pulverizan y el cuerpo de Claudia se esfuma, antes de que mis ojos se cierren con el calor.